La carrera presidencial de 2030 comenzó a asomarse en el radar político con una primera señal relevante: Omar García Harfuch , Ricardo Anay...
En el oficialismo, Harfuch aparece como el perfil más fuerte de Morena con 32.6%, por encima de Marcelo Ebrard (23.5%) y Clara Brugada (12.4%). Más atrás figuran Andrés Manuel López Beltrán (9.5%), Mara Lezama (8.1%) y Gerardo Fernández Noroña (6.2%). El dato es políticamente relevante porque sugiere que, al menos en esta fase temprana, el partido gobernante ya empieza a perfilar un liderazgo competitivo sin que exista todavía un proceso sucesorio formal.
En la oposición, el escenario luce menos consolidado. En el PAN, Ricardo Anaya encabeza con 21.3%, seguido muy de cerca por Mauricio Kuri con 18.8% y Lilly Téllez con 15.7%. En el PRI, en cambio, Alejandro “Alito” Moreno domina con 44.1%, por delante de Enrique de la Madrid (31.4%) e Ildefonso Guajardo (16.7%). En Movimiento Ciudadano, Samuel García lidera con 39.5%, seguido de Luis Donaldo Colosio Riojas con 30.9% y Jorge Álvarez Máynez con 18.4%. La lectura es desigual: mientras PRI y MC muestran mandos más definidos, el PAN sigue proyectando una competencia interna más cerrada y menos resuelta.
La ventaja más sólida, sin embargo, no está solo en los nombres, sino en las siglas. En intención de voto por partido rumbo a 2030, Morena obtiene 39.7%, frente a 23.8% del PAN y 18.2% de Movimiento Ciudadano; el PRI aparece bastante más rezagado con 6.6%, mientras PT registra 4.1% y PVEM 3.1%. Ese bloque de datos refuerza la idea de que, aun con disputas internas, el partido gobernante sigue arrancando desde una posición de fuerza claramente superior a la de sus adversarios.
El dato más llamativo de la medición aparece cuando se simula una contienda presidencial. En ese escenario, Harfuch alcanza 38.7%, muy por encima de Samuel García con 26.2% y del empresario Ricardo Salinas Pliego con 21.9%. Más abajo quedan Ricardo Anaya con 6.1% y Alejandro Moreno con 3.2%. La inclusión de un perfil empresarial no partidista como Salinas Pliego muestra, además, que el malestar o la búsqueda de opciones fuera de la política tradicional sigue siendo una variable que algunas mediciones ya intentan capturar.
Metodológicamente, el estudio fue levantado entre el 20 y el 22 de marzo de 2026 mediante 5,000 entrevistas telefónicas a personas mayores de 18 años, con un margen de error de ±3.5 puntos, 95% de confianza y una tasa de rechazo de 42%. Ese detalle importa porque se trata de una medición muy adelantada y, como tal, funciona más como un termómetro de posicionamiento que como un pronóstico cerrado sobre la sucesión presidencial. En política mexicana, cuatro años son tiempo suficiente para modificar alianzas, desgastar figuras o encumbrar otras hoy secundarias.
Aun con esa cautela, la encuesta deja una señal política nítida. Morena no solo conserva la ventaja partidista, sino que ya proyecta un puntero reconocible; la oposición, en cambio, todavía no logra convertir sus liderazgos internos en una alternativa nacional de peso equivalente. Por eso, más que resolver quién llegará a la boleta de 2030, esta primera fotografía revela algo más inmediato: que la disputa ya empezó y que, por ahora, el oficialismo arranca con el terreno mejor acomodado.
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