México llegará a la primera ronda formal de conversaciones con Estados Unidos sobre la revisión del T-MEC con dos objetivos centrales: pres...
México llegará a la primera ronda formal de conversaciones con Estados Unidos sobre la revisión del T-MEC con dos objetivos centrales: preservar la permanencia del tratado y buscar la eliminación de aranceles que todavía pesan sobre exportaciones mexicanas. Así lo adelantó el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, al informar que la ruta aprobada por la presidenta Claudia Sheinbaum contempla una reunión preparatoria virtual y, enseguida, el arranque de los contactos bilaterales con Washington en la semana del 16 de marzo de 2026.
El inicio de esta etapa tiene un peso mayor al de una simple mesa técnica. La USTR confirmó que el proceso de revisión ya fue activado y que los negociadores abordarán medidas para asegurar que los beneficios del acuerdo recaigan principalmente en los tres socios, con énfasis en reducir la dependencia de importaciones externas a la región, fortalecer las reglas de origen y reforzar la seguridad de las cadenas de suministro de América del Norte. En otras palabras, Washington llega a la revisión con una agenda de endurecimiento regional, mientras México intenta evitar que esa lógica se traduzca en más restricciones o en una reapertura profunda del tratado.
La relevancia del momento está definida por el propio diseño legal del acuerdo. El artículo 34.7 del T-MEC establece que, en su sexto año de vigencia, los tres gobiernos deben realizar una revisión conjunta y confirmar por escrito si desean extenderlo por otros 16 años. Si no hay una confirmación unánime, el acuerdo no desaparece de inmediato, pero entra en un esquema de revisiones anuales hasta su expiración original, un escenario que para buena parte del sector productivo equivaldría a una fuente permanente de incertidumbre.
Para México, el fondo del asunto es económico, pero también político. Cerca de 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense, y la consulta pública realizada por la Secretaría de Economía mostró que las empresas mexicanas ven al tratado como una pieza esencial para la certidumbre de inversión y la protección de las cadenas regionales. El mensaje del sector privado ha sido claro: fortalecer la operación del acuerdo, corregir distorsiones y evitar, en la medida de lo posible, una renegociación total de sus capítulos centrales.
El punto más sensible para México sigue siendo el tema de los aranceles. Aunque buena parte del comercio regional está cubierta por el T-MEC, persisten gravámenes y medidas restrictivas en sectores estratégicos, especialmente en acero y aluminio, además de otros productos sujetos a investigaciones antidumping o argumentos de seguridad nacional. Por eso la apuesta mexicana de llegar pidiendo la permanencia del acuerdo y el fin de esos cargos no es menor: busca convertir la revisión en un mecanismo para recuperar previsibilidad comercial, no para abrir una nueva etapa de presiones.
Del lado estadounidense, sin embargo, el entorno no es del todo favorable. Donald Trump ha cuestionado públicamente la utilidad del acuerdo, y analistas citados por Reuters consideran probable que las negociaciones se prolonguen más allá de julio, en parte por el calendario político de Estados Unidos y por la presión de sectores que exigen reglas más estrictas frente al ingreso de insumos o bienes vinculados con China. En ese marco, la revisión del T-MEC se convierte también en una disputa sobre el modelo industrial de la región y sobre el margen que tendrá México para seguir atrayendo inversión sin ser visto por Washington como una plataforma indirecta de terceros países.
La estrategia del gobierno de Sheinbaum apunta a una idea simple: el menor grado de incertidumbre posible. Blindar el T-MEC y desmontar aranceles sería una señal de estabilidad para inversionistas, exportadores y cadenas manufactureras en un año clave para la economía mexicana. Pero el desenlace dependerá de algo más que de argumentos comerciales: estará marcado por la relación política con la Casa Blanca, por la capacidad de negociación de México y por la disposición real de Estados Unidos a sostener el acuerdo que él mismo convirtió, en 2020, en el eje económico de Norteamérica.

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