La revisión del T-MEC entró en una fase de mayor incertidumbre después de que Larry Rubin , presidente de la American Society of Mexico , e...
La revisión del T-MEC entró en una fase de mayor incertidumbre después de que Larry Rubin, presidente de la American Society of Mexico, estimó que existe una probabilidad de 40% de que el tratado termine derivando en un esquema bilateral y no estrictamente trilateral. Aunque el propio Rubin dijo que hoy ve más factible la conservación del acuerdo entre México, Estados Unidos y Canadá que a inicios de año, su advertencia refleja una inquietud ya instalada en el debate económico: que la revisión de 2026 deje de ser un ajuste técnico y se convierta en una redefinición política del bloque norteamericano.
El riesgo no surge de una ruptura formal inmediata, sino de la forma en que Washington ha venido conduciendo el proceso. La USTR confirmó el 5 de marzo el arranque de conversaciones bilaterales entre México y Estados Unidos como paso previo a la revisión conjunta del acuerdo, y el 18 de marzo informó que ambas partes ya trabajan en opciones para aumentar producción y empleo manufacturero regional, reforzar reglas de origen y limitar insumos provenientes de economías no de mercado. Ese diseño ha alimentado la lectura de que la Casa Blanca busca llegar al encuentro trilateral con una agenda previamente acotada en clave bilateral.
Aun así, tanto México como Canadá han insistido en que la prioridad sigue siendo preservar la naturaleza trilateral del tratado. Reuters reportó el 12 de marzo que funcionarios de ambos países reiteraron públicamente que mantener el marco de tres socios es esencial para la estabilidad comercial de la región, especialmente en un momento en que las cadenas productivas dependen de una mayor coordinación industrial. Esa posición responde no solo a razones diplomáticas, sino a una lógica económica concreta: el tratado es el principal andamiaje de integración para manufactura, inversión y exportaciones en América del Norte.
El problema es que la revisión ocurre en un contexto político menos favorable que el que existía cuando el acuerdo entró en vigor en 2020. Reuters informó desde febrero que Canadá explora con Washington acuerdos bilaterales en sectores críticos como complemento al T-MEC, lo que sugiere que incluso quienes defienden el marco trilateral ya contemplan arreglos paralelos para reducir daños o asegurar intereses estratégicos. Esa posibilidad no equivale todavía a la fragmentación del tratado, pero sí muestra que el debate dejó de ser puramente jurídico y pasó al terreno del pragmatismo político-comercial.
Para México, el costo potencial de esa incertidumbre es particularmente alto. De acuerdo con Reuters, alrededor de 80% de las exportaciones mexicanas se dirigen al mercado estadounidense, y las empresas consultadas por la Secretaría de Economía consideran que el T-MEC es esencial para la certidumbre de inversión y la protección de las cadenas regionales de suministro. Por eso, una deriva hacia acuerdos bilaterales o una revisión prolongada y conflictiva podría afectar mucho más que el comercio: también pondría presión sobre el nearshoring, la planeación industrial y la percepción de riesgo regulatorio del país.
En términos legales, el tratado todavía ofrece márgenes para evitar una ruptura de fondo. El artículo 34.7 establece que el 1 de julio de 2026 los tres gobiernos deben realizar una revisión conjunta y confirmar por escrito si desean extender el acuerdo por otros 16 años. Si una de las partes no lo confirma, el T-MEC no desaparece automáticamente, pero entra en un esquema de revisiones anuales durante el resto de su vigencia. Ese detalle es clave: el mayor riesgo inmediato no es la muerte súbita del acuerdo, sino una larga etapa de incertidumbre institucionalizada que erosione decisiones de inversión y reduzca previsibilidad.
Visto en perspectiva, la estimación del 40% no debe leerse como pronóstico definitivo, sino como síntoma del momento que atraviesa la integración norteamericana. El T-MEC sigue siendo, hasta hoy, un tratado trilateral con respaldo económico poderoso, pero la revisión de 2026 se desarrolla bajo presiones nuevas: aranceles, competencia con China, tensión política en Estados Unidos y estrategias industriales más defensivas. La pregunta de fondo ya no es solo si el acuerdo sobrevivirá, sino en qué condiciones lo hará y cuánto de su espíritu regional podrá conservar frente a una negociación cada vez más cargada de cálculo político.

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